El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Al abrirse aquella puerta, Luis aspiró el balsámico olor que exhalaban los árboles en las calurosas noches de verano, y se detuvo: pero el robusto guardián que le seguía le empujó fuera del subterráneo.

—Otras vez os pregunto, ¿qué intentáis contra el rey de Francia? —exclamó el soberano volviéndose hacia el que había tenido el atrevimiento de ponerle la mano encima.

—Haced por olvidar ese calificativo —repuso el de la lámpara con tono que, cual los famosos fallos de Minos, no admitía réplica.

—Mereceríais que os enredaran por las palabras que acabáis de verter —añadió el coloso apagando la luz que le entregó su compañero—; pero el rey es demasiado humano.

Hizo el rey un movimiento tan súbito al oír aquella amenaza, que no pareció sino que intentaba fugarse; pero el gigante le sentó la mano en el hombro y lo clavó en el sitio.

—Pero en fin, ¿adónde vamos? —preguntó Luis XIV.

Venid —respondió el de la lámpara. Y conduciendo al rey hacia una carroza que estaba entre los árboles, junto a dos caballos trabados y atados por el cabestro al las ramas bajas de corpulenta encima, abrió la portezuela, bajó el estribo, y añadió—: Subid.


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