El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Hecha aquella recomendación, el conductor echó escaleras arriba.

—¡Señor de Herblay! —exclamó Baisemeaux al ver al conductor.

—¡Silencio! —dijo Aramis—. Entremos en vuestra habitación.

—Pero ¿qué os trae a estas horas?

—Un error, señor de Baisemeaux —respondió con tranquilidad el obispo—. El otro día teníais razón.

—¿Sobre? —preguntó el gobernador.

—Sobre aquella orden de libertad, ¿recordáis?

—Explicaos, señor, digo, monseñor —repuso Baisemeaux, tan sofocado por la sorpresa como por el terror.

—Es muy sencillo: ¿no es verdad?

—Es verdad. Con todo acordaos de mis dudas sobre el particular; yo no quería, pero vos me obligasteis.

—¿Qué estáis diciendo, señor de Baisemeaux? Lo que yo hice fue induciros.

—Esto es. Me indujisteis a que os lo entregara, y os le levasteis en vuestra carroza.

—Pues ved lo que son las cosas, padecieron una equivocación al expedir la orden. Así lo han reconocido en el ministerio, y de tal manera, que os traigo una orden del rey para que pongáis en libertad a Seldón; el pobre escocés aquel, ¿sabéis?

—¿Seldón?, ¿estáis ahora bien seguro?


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