El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Convenceos por vuestros propios ojos —repuso Herblay entregando la orden al Baisemeaux.
—¡Pero si esta orden es la misma que ya tuve en mis manos el otro dÃa! —dijo el gobernador.
—¿De veras?
—Es la mismÃsima que la noche de marras os dije haber visto. ¡Voto a sanes! la conozco en el borrón.
—Yo no me meto en si es o no es esta misma, pero os la traigo.
—¿Y la otra, pues?
—¿Cuál?
—La referente a Marchiali.
—Os lo conduzco de nuevo.
—Esto no me basta. Para hacerme otra vez cargo de él necesito una orden nueva.
—¿Y qué barbaridades estáis vomitando, mi buen amigo? —repuso Herblay—. No parece sino que os habéis vuelto niño. ¿Dónde está la orden que recibisteis referente a Marchiali?
Baisemeaux se acercó a un cofre, sacó de ella la orden y la entregó a Aramis, que con la mayor frescura la rasgó en cuatro pedazos que redujo a cenizas en la llama de la lámpara.
—¿Qué hacéis? —exclamó el gobernador en el colmo del espanto.