El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Pero hombre, haceos cargo de la situación —dijo Aramis con su imperturbable serenidad—, y veréis cuán sencilla es. Bueno, no tenéis ya en vuestro poder orden alguna que justifique la salida de Marchiali, ¿no es eso?
—No la tengo, y esto va a ser causa de mi perdición.
—Desde el momento que os lo traigo, es como si no hubiese salido.
—¡Ah!
—¿Qué duda cabe? Vais a encerrarlo nuevamente y sin demora.
—¡No, que no!
—Y en cambio y en virtud de la nueva orden, me entregaréis a Seldón. Asà estará en regla vuestra contabilidad. ¿Comprendéis ahora?
—Yo…
—Veo que sÃ; muy bien —dijo Aramis.
—Pero en resumidas cuentas, ¿por qué después de haberme llevado a Marchiali me lo devolvéis? —exclamó Baisemeaux juntando las manos en un paroxismo de dolor y de aturdimiento.
—Para un amigo y servidor cual vos, no tengo secretos —contestó Herblay. Y acercando la boca al oÃdo del gobernador, añadió—: Ya recordáis el parecido que hay entre aquel desventurado y…
—Y él; lo sé.