El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Pues bien, el primer uso de Marchiali ha hecho de su libertad ha sido para sostener… A ver si adivináis qué.
—¿Cómo queréis que yo adivine?
—Para sostener que él era el rey de Francia.
—¡Infeliz!
—Para vestirse igual que el rey y constituirse en usurpador.
—¡Válgame Dios!
—Por eso os lo traigo otra vez. Está loco, y hace ver su locura a todo el mundo.
—¿Qué hacer, pues?
—No dejéis que comunique con persona alguna, porque ahora que su locura ha llegado a oÃdos del rey, que se habÃa compadecido de su desventura, y se ha visto pagado con tan negra ingratitud, aquél está hecho una furia. Os encargo, pues, que no olvidéis que ahora lo van a pagar con la vida cuantos dejen comunicar a Marchiali con otros que conmigo o con el mismo rey. Os va la vida en ello, ¿oÃs?
—SÃ, lo oigo, ¡voto a…!
—Ahora bajad, y conducid de nuevo a Marchiali al su calabozo, a menos que prefiráis que suba aquÃ.
—¿Para qué?
—Más vale encerrarlo en seguida, ¿no es verdad?
—¡Ya lo creo!
—Pues andando.