El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Baisemeaux mandó tocar redoble y sonar la campana para advertir que todo dios se recogiese a su cuarto a fin de evitar su encuentro con un preso misterioso. Libres ya todos los pasillos, el gobernador bajo para hacerse cargo del preso, a quien Porthos, fiel a la consigna, continuaba teniéndole apuntado el mosquete.

—¡Ah!, ¿estáis otra vez aquí, desventurado? —exclamó Baisemeaux al ver al rey—. Está bien, está bien.

Y haciendo apear inmediatamente a Luis XIV, en compañía de Porthos, que no se había quitado el antifaz, y de Aramis, que se puso nuevamente el suyo, le condujo a la segunda Bertaudiere, y le abrió la puerta del calabozo en que por espacio de diez años había gemido Felipe.

El rey, pálido y huraño, entró en el calabozo sin despegar los labios.

Baisemeaux cerró por sí mismo la puerta con dos vueltas de llave, y dijo a Aramis:

—Verdaderamente se parece al rey, pero no tanto como vos ponderáis.

—¿De modo que no os dejaríais engañar por la sustitución? —repuso Herblay.

—Si, a mí con esas.

—No tenéis precio, mi buen amigo. Vamos, ahora soltad a Seldón.

—Es verdad, se me había olvidado.


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