El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No, lo contrario. No deseo ningún mal al rey, y el peor mal que uno puede desear a los reyes, es que cometan una injusticia. Pero habéis sufrido un disgusto, no lo neguéis.
—¿Yo? —dijo el mosquetero riéndose—. Ni por asomo. El hace cuanto quiero.
Aramis miró a D’Artagnan y vio que mentÃa, pero Baisemeaux no miró más que al hombre, y se quedó pasmado, mudo de admiración ante aquel que conseguÃa del rey lo que se le antojaba.
—¿Destierra a Athos Su Majestad? —preguntó Aramis.
—No; sobre el particular el rey no ha dicho una palabra —repuso D’Artagnan—, pero tengo para mà que lo mejor que puede hacer el conde, a no ser que se empeñe en dar las gracias a Su Majestad…
—No —respondió Athos.
—Pues bien, lo mejor que, en mi concepto, puede hacer el conde —continuó D’Artagnan— es retirarse a su castillo. Por lo demás, mi querido Athos, hablad, pedid; si preferÃs una residencia a otra me comprometo a dejar cumplidos vuestros deseos.