El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—No, gracias —contestó Athos—. Lo más agradable para mí es tomar a mi soledad a la sombra de los árboles, a orillas del Loira. Si Dios es el médico supremo de los males del alma, la naturaleza es el remedio soberano. ¿Conque estoy libre, caballero? —añadió Athos volviéndose hacia el señor de Baisemeaux.

—Sí, señor conde, a lo menos así lo creo y espero —añadió el gobernador volviendo y revolviendo los dos papeles—. A no ser, sin embargo, que el señor de D’Artagnan traiga otro auto.

—No, mi buen Baisemeaux —dijo el mosquetero—. Hay que atenernos al segundo y no pasar por ahí.

—¡Ah! señor conde —dijo el gobernador dirigiéndose a Athos—, no sabéis lo que perdéis. Os hubiera puesto a treinta libras como los generales; ¡qué digo! a cincuenta, como los príncipes, y habríais cenado todas las noches como habéis cenado ahora.

—Dejad que prefiera mi medianía, caballero —replicó Athos. Y volviéndose hacia D’Artagnan, dijo—: Vámonos, amigo mío.

—Vámonos —repuso D’Artagnan.

—¿Me cabría la inefable dicha de teneros por compañero de viaje, amigo mío? —preguntó Athos al mosquetero.

—Tan sólo hasta la puerta —respondió el gascón—, después de lo cual os diré lo que he dicho al rey, esto es, que estoy de servicio.


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