El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—He visto el cadáver de mi padre en su lecho mortuorio y revestido con las insignias reales. Aquel rostro pálido, tan sosegado y decaído; aquellas manos tan hábiles, entonces insensibles, y aquellas envaradas piernas, no renunciaban un dormir poblado de sueños. Y sin embargo, ¡cuántos sueños no debía dios enviar a aquel muerto!… ¡a aquel muerto a quien tantos otros precedieran, precipitados por él en la muerte eterna!… No, aquel rey todavía lo era; reinaba aún en su lecho mortuorio, como cuando estaba sentado en su trono. Para nada había abdicado Su Majestad. Dios, que no le castigó a él, no puede castigarme a mí que nada he hecho.

Un ruido extraño llamó la atención del joven; miró y vio en la chimenea, a los pies de un colosal crucifijo groseramente pintado al fresco, un ratón monstruoso que estaba royendo un mendrugo, mientras fijaba en el nuevo huésped del calabozo una mirada de inteligencia y curiosidad.

Luis, trémulo de miedo y de asco, retrocedió hasta la puerta, lanzando un grito, Luis conoció que estaba vivo y en pleno goce de su razón y su conciencia naturales.



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