El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡Preso! —exclamó—; ¡preso yo! —Y después de buscar con la mirada una campanilla para llamar, continuó—: En la Bastilla no las hay, y yo estoy encerrado en la Bastilla. Pero ¿cómo he sido reducido al prisión? Necesariamente es esta una conspiración de Fouquet. En Vaux me han atraído a un lazo… Pero Fouquet ha debido tener quien lo secundara… Su agente… aquella voz… era Herblay; sí, lo he conocido… Colbert tenía razón. ¿Qué quiere de mi Fouquet? ¿Va a reinar en mi lugar?… ¡Es imposible! ¿Quién sabe?… Quizá mi hermano el duque de Orleans hace contra mi lo que durante toda su vida se propuso contra mi padre, mi tío… Pero ¿y la reina?, ¿y mi madre?, ¿y La Valiére? ¡Oh! a La Valiére la habrán puesto a discreción de la princesa… ¡Pobre Luisa! indudablemente la han encerrado como a mí, y nunca jamás volveremos a vernos.

Ante tal idea, el amante estalló en sollozos, suspiros y lamentos.

—Aquí hay un gobernador —prosiguió el rey enfurecido—. Llamemos.

Llamó, pero ninguna voz respondió a la suya. Entonces, tomó la silla, y con ella golpeó la robusta puerta de encina; pero al dar la madera contra la madera, sólo respondieron en las profundidades de la escalera mil lúgubres ecos.


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