El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Entonces y calmado el primer paroxismo de su cólera, el monarca vio una enrejada ventana por la que entraba un dorado cuadrilongo, indudablemente proyectado por la luminosa aurora, y acercándose a ella, empezó a llamar, con voz natural primero, y luego a gritos. Pero como si no hubiese llamado.
Al rey empezaba a hervirle la sangre, a subírsele a la cabeza, acostumbrado a ordenar, se rebelaba contra la idea de la desobediencia.
Poco a poco fue enconándose el ánimo del preso, que rompió la silla al esgrimirla como un ariete contra la puerta.
Acá y aculá respondieron algunas voces ahogadas.
Las voces produjeron un efecto extraño en el rey, que se detuvo para escucharlas. Eran las de los presos, en otro tiempo sus víctimas, y ahora sus compañeros. Aquellas voces acusaban al autor de aquel ruido, como en silencio los suspiros y las lágrimas acusaban al autor de su cautiverio. Después de haber quitado la libertad a tantos hombres, ahora les quitaba el sueño.
Esta idea estuvo a pique de acabar con su razón y, sediento de tener alguna noticia o una conclusión, redobló sus fuerzas, y empezó de nuevo a esgrimir contra la puerta el palo de la silla.
Al cabo de una hora, Luis oyó ruido en el corredor, al otro lado de su puerta, en la que descargaron un golpe furibundo que hizo cesar los suyos.