El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Mil rayos! —exclamó una voz ruda y grosera—. ¿Habéis perdido el juicio?, ¿qué os pasa esta mañana?
—¡Esta mañana! —dijo entre sà y con sorpresa el rey. Y, cortésmente añadió—: ¿Sois el gobernador de la Bastilla, caballero?
—Vaya, que os han volcado los sesos —replicó la voz—; pero esa no es razón para que metáis tanto ruido. Silencio, ¡vive Dios!
—¿Sois vos el gobernador? —repitió el rey.
Luis oyó cerrar una puerta. El carcelero acababa de marcharse sin haberse dignado responder.
Cuando el rey se persuadió de que se habÃa alejado el que le dirigió la palabra, dio rienda suelta a su furor. Ãgil como un tigre, saltó de la mesa a la ventana, de la que sacudió las rejas, y después de romper un vidrio, cuyos pedazos fueron a parar al patio produciendo mil armoniosos tonos, llamó por espacio de una hora y con voz cada vez más enronquecida al gobernador.
VÃctima de ardiente calentura, con los cabellos en desorden y pegados a la frente, hecho jirones y blanqueado el traje, y desgarrada su camisa, el rey no calmó su furor hasta que hubo agotado sus fuerzas.
Apoyó la frente en la puerta, y dejó que fuese calmándose poco a poco su corazón.