El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Hora legará en que me traigan el alimento que dan a todos los presos —dijo entre sí—, y entonces veré a alguien que responderá a lo que yo pregunte.

El rey buscó en su memoria a qué hora comían los presos de la Bastilla; pero, en vano, pues lo ignoraba. Aquélla fue para él una sorda y dolorosa puñalada que le infería el remordimiento de haber vivido veinticinco años rey y dichoso, sin pensar en los padecimientos de los desventurados a quienes priva injustamente de su libertad. Y Luis sintió la vergüenza, y conoció que Dios, al permitir aquella humillación terrible, no hacía más que devolver a un hombre los martirios que ese mismo hombre infligiera a tantos otros.

Nada podía ser más eficaz para despertar nuevamente las creencias religiosas en aquella alma aterrada por la sensación de los dolores, pero Luis no se atrevió a arrodillarse para elevar su corazón a Dios y suplicarle que pusiese fin a aquella prueba.

—Dios siempre obra bien —dijo entre sí—, por lo tanto, yo sería un cobarde si pidiese lo que con frecuencia he negado a mis semejantes.

Ahí estaba de sus reflexiones, es decir, de su agonía, cuando allende la puerta volvió a oírse ruido, pero ahora seguido del rechinar de llaves y cerrojos.


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