El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El rey dio un brinco, para acercarse al que iba a entrar; pero de pronto se hizo cargo de que tales demostraciones eran indignas de un monarca y, deteniéndose, tomó una actitud noble y tranquila, y aguardó, de espaldas hacia la ventana, para disimular cuanto le fuese posible su agitación a los ojos del recién venido, que no era otro que el llavero, portador de una cesta llena de víveres.
Luis miró con inquietud a aquel hombre, y aguardó a que hablase.
—¡Ah! —dijo el llavero—. ¿Conque habéis roto la silla? Ya lo dije. Por fuerza os habéis tocado de la cabeza.
—Ved lo que decís —repuso Luis—, pues os interesa grandemente.
—¿Cómo? —exclamó con sorpresa el carcelero, dejando el cesto sobre la mesa.
—Decid al gobernador que suba —añadió con nobleza el rey.
—Vamos a ver, hijo mío —repuso el carcelero—; siempre habéis sido muy cuerdo; pero la locura lo vuelve malo a uno, y quiero advertiros; habéis roto la silla y hecho ruido, y este es delito que se castiga con el calabozo. Prometedme que no volveréis a las andadas, y no diré nada al gobernador.
—Quiero ver al gobernador —repitió el rey sin pestañear.