El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¡Cuidado! os hará encerrar en el calabozo.
—¡Quiero verlo!, ¿oÃs?
—¡Ah diantre!, ¿se os extravÃa la mirada? pues me llevo vuestro cuchillo.
Y diciendo y haciendo, el carcelero cerró la puerta y se marchó, dejando al rey más aturdido, más desventurado y más solo que nunca.
En vano empezó a golpear de nuevo la puerta con el palo de la silla; en vano arrojó fuentes y platos por la ventana; nadie le hizo caso.
Dos horas después, del rey, del caballero, del hombre, del ente razonable, no quedaba más que un loco que se arrancaba las uñas, arañando las puertas y haciendo esfuerzos sobrehumanos para desembaldosar el suelo, lanzaba tan espantosos gritos que no parecÃa sino que la vetusta Bastilla se conmovÃa en sus cimientos por haberse atrevido a rebelarse contra su amo y señor.
Baisemeaux ni siquiera se tomó la molestia de preguntar la causa de tanto ruido, porque ¿no eran los locos moneda corriente en la fortaleza, y los muros no eran, a su vez, más fuertes que los locos?
Baisemeaux, impresionado con lo que dijo Aramis, y escudado con la orden del rey, no deseaba sino que Marchiali se volviese suficientemente loco para ahorcarse del pabellón de su cama o de uno de los barrotes de su ventana.