El hombre de la máscara de hierro

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Dicho esto, Felipe, a pesar de la repugnancia instintiva de su cuerpo, y de los estremecimientos y del terror vencidos por la voluntad, se acostó en la cama real.

Al descansar la cabeza en la mullida almohada, Felipe divisó, encima de él, la corona de Francia, sostenida, como hemos dicho, por el ángel de las alas de oro.

Contemplad al real intruso, de mirada sombría y cuerpo tembloroso; parece tigre extraviado durante la noche de tormenta, que al través de cañaverales y de incógnitos barrancos, va a acostarse en la caverna del león ausente.

Puede uno alentar la ambición de acostarse en el lecho del león, pero no esperar dormir tranquilo en él.

Felipe prestó oído atento a todos los rumores, dejó que su corazón oscilase al soplo de todos los sobresaltos; pero fiado en su energía, redoblada por la exageración de su resolución suprema, aguardó sin debilidad que se presentase una circunstancia decisiva para juzgarse a sí mismo.

Pero nada sobrevino.

Hacia la madrugada, una sombra se deslizó en el dormitorio real, sombra que no causó sorpresa alguna a Felipe, tanto más cuanto que la esperaba.

—¿Y bien, señor de Herblay? —dijo el príncipe.

—Todo ha concluido, sire.

—¿Qué ha pasado?


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