El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Lo que esperábamos.
—¿Ha resistido?
—Encarnizadamente; ha llorado y dado gritos.
—¿Y después?
—Ha sobrevenido el estupor.
—¿Y por fin?
—Por fin, victoria completa y silencio absoluto.
—¿Sospecha algo el gobernador de la Bastilla?
—Nada.
—¿Y el parecido?
—Es el que ha determinado el buen éxito de la empresa.
—Sin embargo, no olvidéis que el preso no puede menos de explicarse, como yo pude hacerlo no obstante haberme visto obligado a combatir un poder incomparablemente más fuerte que el mÃo.
—Ya lo he previsto todo. Dentro de algunos dÃas, más pronto si lo exigen las circunstancias, sacaremos de su prisión al cautivo y lo desterraremos a un punto tan lejano…
—Uno vuelve del destierro, señor de Herblay.
—He dicho a un punto tan lejano, que las fuerzas materiales del hombre y la duración de su vida no bastarÃan para procurar su regreso.
Una vez más el rey y Aramis cruzaron una frÃa mirada de inteligencia.
—¿Y el señor de Vallón? —preguntó Felipe.