El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Os lo presentarán hoy, y os felicitará confidencialmente por haberos salvado del peligro que os ha hecho correr el usurpador.
—¿Qué haremos de él?
—¿Del señor de Vallón?
—Un duque vitalicio, ¿no es verdad?
—SÃ, sire —respondió Aramis, sonriéndose de un modo particular.
—¿Por qué os reÃs, señor de Herblay?
—Me rÃo de la previsora idea de vuestra majestad.
—¿Previsora?, ¿qué queréis decir?
—Vuestra majestad teme que el pobre Porthos se convierta en un testigo incómodo, y quiere deshacerse de él.
—¿Creándole duque?
—SÃ, sire, porque la alegrÃa va a matarlo, y con él morirÃa el secreto.
—¡Qué decÃs!
—Y yo perderé un buen amigo —repuso con la mayor flema Herblay.
En este momento y en medio de la fútil conversación bajo la cual los dos conspiradores ocultaban el gozo y el orgullo del triunfo, Aramis oyó un rumor que le hizo aguzar el oÃdo.
—¿Qué pasa? —preguntó Felipe.
—Amanece, sire.
—¿Y qué?