El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Que anoche, antes de acostaros, decidisteis hacer algo llegado el dÃa.
—SÃ, dije a mi capitán de mosqueteros que lo aguardarÃa, —contestó con viveza el joven.
—Pues si asà lo dijisteis, va a presentarse porque es hombre puntual.
—Oigo pasos en el vestÃbulo.
—Es él.
—Ea, empecemos el ataque —dijo Felipe con resolución.
—Cuidado, Sire —repuso Aramis—: empezar el ataque, y por D’Artagnan, serÃa una locura. D’Artagnan no sabe ni ha visto cosa alguna y está a mil leguas de sospechar nuestro misterio; pero si es el primero en entrar hoy aquÃ, barruntará que ha pasado algo que debe ponerle sobre aviso. Antes que permitáis la entrada a D’Artagnan, debemos ventilar mucho el dormitorio, o introducir en él tanta gente, que el mejor sabueso del reino quede desorientado por tantos rastros diferentes.
—¿Cómo despedirle si le he citado? —observó el prÃncipe, ardiendo en deseos de medirse con tan temible adversario.
—Yo me encargo de ello —repuso el obispo—, y para empezar, voy a dar un golpe que dejará aturdido al gascón.
—También él sabe darlos —replicó con viveza el prÃncipe.