El hombre de la máscara de hierro

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En efecto, en el exterior resonó un golpe.

Aramis no se engañó: realmente era D’Artagnan quien así se anunciaba.

Ya hemos visto al mosquetero pasar la noche filosofando con el señor Fouquet; pero aquél estaba fatigadísimo, aun de fingir el sueño. Y apenas el alba iluminó con su azulada aureola las suntuosas cornisas del dormitorio del superintendente, D’Artagnan se levantó de su sillón, acomodó su espada, y con la manga se cepilló el traje y sombrero, como soldado pronto a pasar revista de limpieza.

—¿Os vais? —preguntó Fouquet al gascón.

—Sí, monseñor, ¿y vos?

—Me quedo.

—¿Palabra?

—Palabra.

—Por otra parte, salgo únicamente en busca de la respuesta que vos sabéis.

—De la sentencia queréis decir.

—Mirad, monseñor, yo tengo algo de romano antiguo. Esta mañana, al levantarme, he notado que mi espada no se ha enganchado en ninguna agujeta, y que el tahalí ha resbalado sin tropiezo. Es una señal infalible.

—¿De prosperidad?

—Sí.


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