El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡Diantre! no sabía que vuestra espada os tuviese tan al cabo —dijo Fouquet—. ¿Es hechicera la hoja de vuestra espada, o está encantada?

—Mi espada es miembro de mi cuerpo. He oído decir que a algunos hombres les avisa la pierna o una punzada en las sienes. A mí me avisa mi espada. Pues bien, mi espada nada me ha dicho esta mañana… ¡Ah!, ¡sí!… ahora acaba de caer por sí en el último recodo del tahalí. ¿Sabéis qué presagia esto?

—No.

—Pues me presagia un arresto para hoy.

—Pero si nada triste os predice vuestra espada —repuso el superintendente, más admirado que enojado de aquella franqueza—, ¿no es triste para vos el arrestarme?

—¿Yo arrestaros a vos?

—Claro, el presagio…

—No es por vos, pues desde anoche estáis arrestado. Luego no seréis vos a quien yo arreste. Por eso me alegro, por eso digo que se me prepara un bien día.

Dichas estas palabras con afectuoso gracejo, el capitán se despidió de Fouquet para encaminarse a la habitación del rey.

—Dadme la última prueba de afecto —dijo Fouquet, en el instante en que el gascón iba a atravesar el umbral.

—Estoy pronto, monseñor.


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