El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Permitidme que vea a Herblay.

—Haré cuanto esté en mi mano para conducirlo aquí.

D’Artagnan llamó a la puerta del dormitorio del rey, y una vez abierta, el gascón pudo creer que el mismísimo rey le había franqueado el paso; suposición que no era inadmisible, atendido el estado de agitación en que el mosquetero dejó a Luis XIV. Pero, en vez de la cara del rey, a quien iba a saludar con el mayor respeto, vio la impasible fisonomía de Herblay.

—¡Aramis! —exclamó D’Artagnan.

—D’Artagnan, que bien que estéis aquí —dijo fríamente el prelado.

—¡Aquí! —balbuceó el mosquetero.

—Su majestad os ruega que anunciéis que está descansando, pues ha pasado muy mala noche.

—¡Ah! —exclamó D’Artagnan, que no acertaba a explicarse cómo el obispo de Vannes, tan indiferente para el rey la víspera, en seis horas se hubiese convertido en el más corpulento hongo que se hubiese producido en el pasillo de una alcoba real. En efecto, para transmitir en el umbral del dormitorio del monarca la voluntad de éste, para servir de intermediario a Luis XIV, y ordenar en su nombre, a dos pasos de él, era preciso haber llegado adonde nunca llegó Richelieu con Luis XIII.


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