El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Además —continuó Aramis—, cuidaréis, señor capitán, de que esta mañana sólo admitan las entradas, pues su majestad quiere dormir algún tiempo más.
—Pero —objetó D’Artagnan, pronto a atufarse, y sobre todo, a manifestar las sospechas que le inspiraba el silencio del rey—; pero, señor obispo, su majestad me dio cita para esta mañana.
—Más tarde, más tarde —dijo el rey desde el interior de la alcoba.
Al oÃr aquella voz, D’Artagnan sintió una corriente de hielo en las venas, y se inclinó atontado, como quien ve visiones, ante la sonrisa con que Aramis le anonadó luego de proferidas aquellas palabras.
—Y en respuesta de lo que venÃais a preguntar al rey —prosiguió el obispo—, aquà va una orden concerniente al señor Fouquet y de la cual os enteraréis inmediatamente.
—¿Una orden de libertad? —dijo el gascón, tomando la que Aramis le tendió.
Aquella orden le explicaba la presencia de Aramis en el dormitorio del rey.
D’Artagnan, a quien le bastaba comprender algo para comprenderlo todo, saludó y avanzó dos pasos para marcharse.
—Os acompaño —dijo Herblay.
—¿Adónde?