El hombre de la máscara de hierro

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—Monseñor, el rey me ha encargado que os diga que su amistad para con vos es hoy más firme que nunca, y que la hermosa fiesta que le habéis dado y con tanta generosidad ofrecido, le ha dejado hondamente satisfecho.

Y Aramis saludó a Fouquet tan ceremoniosamente, que éste, incapaz de comprender una diplomacia tan sutil, quedó sin voz, sin idea, sin movimiento.

Herblay se volvió hacia el mosquetero, y le dijo con voz meliflua:

—Amigo mío, ¿verdad que no olvidaréis la orden del rey concerniente a las prohibiciones que tiene hechas para cuando se levante?

Estas palabras eran tan claras que D’Artagnan se dio por entendido. Así, pues, saludó a Fouquet y luego a Aramis con respeto algo irónico, y salió.

Entonces el superintendente se abalanzó a la puerta para cerrarla, y salió.

—Mi querido Herblay, creo que ha llegado la hora de que me expliquéis lo que pasa, porque en verdad no entiendo nada.

—Todo vais a saberlo —repuso Aramis sentándose y haciendo sentar a Fouquet.

—¿Por dónde hay que principiar?

—Por esto. ¿Por qué ha mandado el rey que me pongan en libertad?

—Mejor hubierais hecho preguntándome por qué os hizo arrestar.


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