El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Con un hombre que prefiere mataros y morir a que consuméis su deshonor.

Y Fouquet se abalanzó a su espada puesta por D’Artagnan a la cabecera de la cama, y la blandió con resolución.

Aramis arrugó el ceño, y se metió la diestra en la pechera como buscando un arma. Aquel ademán no pasó inadvertido a Fouquet, que noble y soberbio en su magnanimidad, arrojó lejos de sí su espada, que fue a parar al pasillo de la cama, y se acercó a Herblay hasta tocarle el hombro con su desarmada mano.

—Caballero —dijo el superintendente—, me sería grato morirme en este instante para no sobrevivir a mi oprobio; si todavía sentís por mí alguna amistad, por favor, quitadme la vida.

Aramis permaneció silencioso e inmóvil.

—¿No me respondéis?

Herblay levantó pausadamente la cabeza, y por sus pupilas cruzó un nuevo rayo de esperanza.

—Reflexionad en lo que nos espera, monseñor —dijo el prelado—. Queda satisfecha la justicia, el rey vive aún, y su prisión os salva la vida.

—Podéis haber obrado en mi provecho —repuso Fouquet—, pero no acepto vuestro servicio. Sin embargo, no quiero causar vuestra perdición. Salid inmediatamente de esta casa.


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