El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Aramis apagó el rayo que emanaba de su quebrantado corazón.
—Soy hospitalario para todos —continuó Fouquet con inefable majestad—; tan seguro estáis vos de no veros sacrificado, como aquel de quien habÃais consumado la perdición.
—Lo seréis vos —replicó Herblay con voz sorda y profética—; lo seréis vos, lo seréis vos.
—Acepto el augurio, señor de Herblay; pero nada me detendrá. Vais a salir de Vaux, de Francia; os concedo cuatro horas para que os pongáis a cubierto de la persecución del rey.
—¿Cuatro horas? —dijo Aramis con voz de zumba y de incredulidad.
—SÃ; dentro del plazo que os fijo nadie os perseguirá. Luego llevaréis cuatro horas de delantera a cuantos el rey envÃe a vuestro alcance.
—¡Cuatro horas! —repitió Aramis sonrojándose.
—Son más que las que se necesitan para embarcaros y llegar a Belle-Isle, que os doy por refugio.
—¡Ah! —murmuró el prelado.
—Belle-Isle es mÃa para vos, como Vaux es mÃo para el rey. Marchaos, Herblay, y tened por seguro que mientras yo aliente, no tocarán en uno de vuestros cabellos.
—Gracias —dijo Aramis con terrible ironÃa.