El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Marchaos, pues, y dadme la mano para que ambos corramos, vos, a la salvación de vuestra vida, yo, a la salvación del rey. —Aramis sacó de su seno la mano que en él escondió. Estaba teñida en su sangre, arrancada de su pecho con sus uñas, como para castigar a la carne por haber dado vida a tantos proyectos, más vanos, más insensatos, más perecederos que la vida del hombre.
Fouquet sintió horror y compasión, y tendió los brazos a Herblay.
—No traía armas —dijo éste, huraño y terrible como el espectro de Dido.
Y sin tocar la mano de Fouquet, desvió la mirada y retrocedió dos pasos.
Las últimas palabras del prelado fueron una imprecación; su último ademán un anatema escrito por su enrojecida mano, con la que salpicó con algunas gotas de sangre el rostro del superintendente.
Después, ambos se abalanzaron fuera del aposento por la escalera secreta que conducía a los patios interiores.
Fouquet ordenó que engancharan sus mejores caballos; Aramis se detuvo al pie de la escalera que conducía al cuarto de Porthos.
Mientras la carroza de Fouquet salía del patio principal a galope tendido, Herblay decía entre sí: