El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿Partiré solo?, ¿avisaré al prÃncipe?… ¡Oh rabia!… Si aviso al prÃncipe, ¿qué hago?… Partir con él… arrastrar conmigo y a todas partes ese testimonio acusador… La guerra… la guerra civil, implacable… Sin recursos ¡ay!… ¡Imposible!… ¿Qué va a hacer sin mÃ?… ¡Ah! sin mà va a derrumbarse como yo… ¿Quién sabe?… ¡Cúmplase su destino!… ¿No estaba condenado? pues continúe siéndolo… ¡Dios!… ¡Demonio!… sombrÃo y mofador poder a que llaman ingenio del hombre, no eres más que un soplo incierto, más inútil que el viento en la montaña, te nombras acaso, y no eres nada, lo abrasas todo con tu aliento, levantas las peñas, y aún la montaña, y de improviso te desmenuzas ante la cruz de madera tras la cual vive otro poder invisible… que tal vez tú negabas, y que se venga de ti, y te reduce a polvo sin designarse siquiera decirte cómo se llama… ¡Perdido!… ¡Estoy perdido!… ¿Qué hacer?… ¿Iré a Belle-Isle?… SÃ… ¡Y Porthos, que va a quedarse aquÃ, y a hablar, y a contárselo todo a todos! ¡Porthos, que tal vez va a padecer!… No, yo no quiero que Porthos padezca. Es uno de mis miembros; su dolor es mi dolor… Porthos partirá conmigo, seguirá mi destino, fuerza es que lo siga.
Y temeroso de encontrar a alguien a quien su precipitación pudiera parecer sospechosa, Aramis subió la escalera sin ser visto.