El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro Porthos apenas regresado de París, dormía ya el sueño del justo. Su gigantesco cuerpo olvidaba la fatiga, así como su cerebro el pensamiento.
Aramis entró ligero como un espectro, apoyó su nerviosa mano en el hombro del gigante, y dijo en voz alta:
—Porthos, levantaos.
Porthos se levantó y abrió los ojos antes de haber abierto su inteligencia.
—¡Partimos! —dijo Aramis.
—¡Ah! —exclamó el gigante.
—A caballo y más veloces que nunca.
—¡Ah! —replicó Porthos.
—Vestíos.
Aramis ayudó a su amigo a vestirse, y le metió en el bolsillo su dinero y sus diamantes.
En esto un ligero ruido llamó la atención de Herblay, y al volverse y al ver a D’Artagnan en el vano de la puerta, se estremeció.
—¿Qué diablos estáis haciendo ahí tan conmovido? —preguntó el mosquetero.
—¡Chitón! —dijo el gigante.
—Partimos en comisión —añadió el obispo.
—¡Qué dichosos sois! —repuso D’Artagnan.
—¡Valiente dicha! —dijo Porthos—. Me estoy cayendo de fatiga, y en verdad preferiría dormir; pero el servicio del rey…