El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro El centinela cruzó la pica ante el ministro; pero éste, que era robusto y ágil, y, además, estaba exasperado, arrancó de las manos del soldado la pica y con ella le santiguó de firme las espaldas, sin olvidar las del sargento, que se acercaba en demasÃa. Los apaleados pusieron el grito en el cielo, y a sus voces salió todo el cuerpo de guardia de la avanzada, entre cuyos individuos hubo uno que conoció a Fouquet y que, al verlo, exclamó:
—¡Monseñor!… ¡monseñor!… ¡Amigos!, ¡deteneos! Efectivamente, el que de tal suerte acababa de expresarse detuvo a los guardias, que se disponÃan a vengar a sus compañeros.
Fouquet ordenó que abriesen la reja; pero le objetaron que la consigna lo prohibÃa. Entonces mandó que avisaran al gobernador; pero éste, ya informado de lo que sucedÃa, se adelantaba apresuradamente blandiendo la espada a la cabeza de veinte soldados y seguido del mayor, en la persuasión de que atacaban la Bastilla.
Baisemeaux, al conocer a Fouquet, dejó caer la espada, y con tartamuda lengua dijo:
—¡Ah! monseñor, perdonad…
—Os felicito, caballero —repuso Fouquet, sofocado—; el servicio de la fortaleza se hace a las mil maravillas.