El hombre de la máscara de hierro

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Baisemeaux se dio a entender que las palabras del ministro encerraban una ironía presagio de arrebatada cólera, y palideció; pero muy lejos de esto, Fouquet, dijo:

—Señor de Baisemeaux, necesito hablar con vos en particular.

Fouquet siguió al gobernador a su despacho en medio de un murmullo de satisfacción general.

Baisemeaux temblaba de vergüenza y de temor. Pero fue peor todavía cuando Fouquet le preguntó con voz lacónica y mirada de imperio:

—¿Habéis visto al señor de Herblay esta noche?

—Sí, monseñor.

—¿Y no os llena de horror el crimen de que os habéis hecho cómplice?

«No hay remedio para mí», dijo para sus adentros el gobernador. Y con voz alta añadió:

—¿Qué crimen, monseñor?

—Señor Baisemeaux, ved cómo obráis, pues en lo que habéis hecho hay bastante para haceros descuartizar vivo. Conducidme inmediatamente adonde está el preso.

—¿Qué preso? —preguntó el gobernador temblando de los pies a la cabeza.

—¡Ah!, ¿fingís no comprenderme? Bueno; bien mirado es lo mejor que podéis hacer, porque, de confesar vos vuestra complicidad, no habría remedio para vos. Quiero, pues, simular que doy fe a vuestra ignorancia.


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