El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡Oh! ¡Sirte!

—Entendámonos, señor Fouquet —dijo con altivez el monarca—. Yo no vivo en un tiempo en que el asesinato sea la única y última razón de los reyes. Gracias a Dios no es así. Tengo parlamentos que juzgan en mi nombre, y patíbulos en los que ejecutan mi voluntad suprema.

—Me propaso a hacer observar a Vuestra Majestad —replicó Fouquet palideciendo—, que todo proceso sobre esta materia será un escándalo mortífero para la dignidad del trono. Hay que evitar a todo trance que el augusto nombre de Ana de Austria circule por los labios del pueblo, entreabiertos por una sonrisa.

—Hay que hacer justicia, señor Fouquet.

—Está bien, Sire; pero la sangre real no puede correr en el patíbulo.

—¡La sangre real!, ¿y vos creéis eso? —exclamó el rey enfurecido y dando una patada en el suelo—. El parto doble de que me habéis hablado es pura fábula. Ahí, sobre todo, en esa fábula, es donde para mí está el crimen de Herblay, ese es el crimen que yo quiero castigar, mucho más que no la violencia y el insulto que me han inferido él y Vallón.

—¿Castigar de muerte?

—De muerte.


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