El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Sire —repuso con firmeza el ministro, levantando con majestad la frente—, si os gusta, haréis decapitar a Felipe de Francia, vuestro hermano; eso os atañe a vos, Sire, y sobre el particular consultaréis a vuestra madre Ana de Austria. Lo que ordenéis estará bien ordenado. Quiero, pues, no mezclarme más en este asunto, ni siquiera para la mayor honra de vuestra corona; pero tengo que pediros una gracia, y os la pido, Sire.
—¿Cuál? —preguntó el rey turbado por las últimas palabras del ministro.
—El perdón de los señores de Herblay y de Vallón.
—¿Mis asesinos?
—No, Sire, sino dos rebeldes.
—Comprendo que me pidáis el perdón para vuestros amigos.
—¡Mis amigos! —exclamó Fouquet hondamente ofendido.
—SÃ, vuestros amigos, pero la seguridad de mi Estado exige un ejemplar castigo de los culpables.
—No os diré, Sire, que acabo de libertaros y de salvaros la vida.
—¡Caballero!
—Ni que si el señor de Herblay hubiese tenido la intención de asesinaros, pudo haberos asesinado esta madrugada en el bosque de Senart.
—El rey se estremeció.