El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Un pistoletazo en mitad del rostro de Luis XIV, desfigurado por la herida era para siempre la absolución del señor de Herblay.

Al saber el peligro evitado, el rey palideció de miedo.

—Si el señor de Herblay hubiese sido un asesino —continuó Fouquet—, no tenía necesidad de hacerme sabedor de su plan para conseguir sus propósitos. Desembarazado del rey legítimo, no había quien fuera capaz de reconocer al usurpador, que habría sido reconocido por Ana de Austria, pues para ello no dejaba de ser un hijo como para la conciencia del señor de Herblay era aquél un rey de la sangre de Luis XIII. Además, el conspirador contaba con la seguridad, con el secreto, con la impunidad, con sólo disparar una pistola. Sire, por vuestra salvación eterna, perdón para el señor de Herblay.

La fiel pintura de la generosidad de Aramis, en vez de enternecer al rey le humilló; porque el monarca en su indómito orgullo, no podía admitir que un hombre había tenido a su discreción la vida de un rey. Cada una de las palabras de Fouquet tenía por eficaces para obtener el perdón de sus amigos, destilaba una gota de veneno en el ya ulcerado corazón de Luis XIV, que, muy lejos de ceder, exclamó con ímpetu:

—Verdaderamente no me explico que me pidáis clemencia para hombres tales. ¿A qué pedir lo que uno puede conseguir sin solicitarlo?


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