El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No os comprendo. Sire.
—Sin embargo, es evidente. ¿Dónde estoy?
—En la Bastilla, Sire.
—Y en un calabozo, y pasando por loco, ¿no es verdad?
—Lo es, Sire.
—Y aquà nadie conoce más que a Marchiali.
—De seguro, Sire.
—Pues dejad las cosas como están. Dejad al loco que se pudra en un calabozo de la Bastilla, y los señores de Herblay y de Vallón para nada necesitan de mi clemencia. Su nuevo rey les obedecerá.
—Vuestra Majestad me injuria, y hace mal —replicó Fouquet con sequedad—. Ni yo soy tan niño, ni el señor de Herblay tan inepto que no nos hayamos hecho todas esas reflexiones y si yo, como decÃs, hubiese querido sentar en el trono a un nuevo rey, ¿a qué haber venido a forzar las puertas de la Bastilla para arrancaros de ella? Esto cae de su peso. Vuestra Majestad tiene el juicio turbado con la cólera; de lo contrario, no ofenderÃa sin razón a su servidor que le ha prestado el más importante servicio.
Viendo Luis XIV que se habÃa excedido, que las puertas de la Bastilla todavÃa estaban cerradas para él, mientras poco a poco iban abriéndose las esclusas tras las cuales el generoso Fouquet contenÃa su cólera, repuso: