El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No lo he dicho para humillaros. ¡Dios me libre! Lo que hay, es que os dirigÃs a mà para obtener un perdón, y os respondo según me dicta mi conciencia. Ahora bien, según mi conciencia, los culpables de quienes estamos hablando no son dignos de clemencia ni de perdón.
Fouquet guardó silencio.
—En esto —prosiguió el rey—, mi conducta es tan generosa como la vuestra en cuanto a lo que os ha traÃdo, porque la verdad es que estoy en vuestro poder. Y aun añado que lo es más, atento que vos me imponéis condiciones de las cuales pueden pender mi libertad y mi vida, y el negarme a admitirlas, es hacer un sacrificio.
—Realmente la sinrazón está de mi parte —repuso Fouquet—; en la apariencia os obligaba a ser clemente; me arrepiento, Sire, y os suplico que me perdonéis.
—Lo estáis, mi querido señor Fouquet —dijo el rey sonriéndose de modo que acabó de serenar su rostro, alterado desde la vÃspera, por tantos acontecimientos.
—Bueno, yo ya he obtenido mi perdón —repuso el obstinado ministro—, pero ¿y los señores de Herblay y de Vallón?
—No lo obtendrán mientras yo viva —replicó el inflexible rey—. Hacedme la merced de no volver a decirme jamás una palabra sobre el particular.
—Seréis obedecido, Sire.
—¿Y no me guardaréis rencor por mi negativa?