El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —No, Sire, porque habÃa previsto el caso.
—¿Vos habéis previsto el caso de que yo negarÃa el perdón a aquellos señores?
—SÃ, Sire, y lo prueba el que he tomado todas mis disposiciones en consonancia con mi previsión.
—¿Qué queréis decir? —exclamó con sorpresa el soberano.
—Por decirlo asÃ, el señor de Herblay acaba de ponerse a mi discreción, dejándome la honra de salvar a mi rey y a mi patria. ¿PodÃa yo condenar a muerte al señor de Herblay? No, como tampoco exponerle a la legÃtima indignación de Vuestra Majestad, lo cual hubiera sido lo mismo que si yo hubiese matado por mi mano.
—¿Qué habéis hecho?
—Sire, he dado al señor de Herblay mis mejores caballos, y llevan cuatro horas de delantera a cuantos Vuestra Majestad pueda enviar en persecución de aquél.
—Está bien —exclamó Luis—. Pero el mundo es bastante grande para que mis corredores ganen sobre vuestros caballos las cuatro horas de delantera que habéis concedido al señor de Herblay.
—Al concederle cuatro horas, Sire, sabÃa que le daba la vida, y la salvará.
—¿Cómo?
—Porque tras una carrera en la cual siempre llevará cuatro horas de ventaja a vuestros mosqueteros, llegará a mi castillo de Belle-Isle, donde le he dado asilo.