El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Bueno —replicó el rey—; pero olvidáis que me donasteis Belle-Isle.
—No para hacer arrestar en ella a mis amigos.
—¡Ah!, ¿os reincorporáis de Belle-Isle?
—Para eso, sÃ, Sire.
—Mis mosqueteros volverán a quitárosla, y en paz.
—Ni vuestros mosqueteros ni todo vuestro ejército son capaces de tomarla, Sire. Belle-Isle es inexpugnable —dijo Fouquet con frialdad.
El rey perdió el color y lanzó un rayo por los ojos. Fouquet conoció que estaba perdido; pero como no era hombre que retrocediera ante la voz del honor, sostuvo la rencorosa mirada del rey, que devoró su rabia.
—¿Vamos a Vaux? —preguntó Luis XIV tras una pausa de silencio.
—Estoy a las órdenes de Vuestra Majestad —contestó Fouquet haciendo una profunda reverencia—; pero creo que Vuestra Majestad no puede prescindir de mudar de traje antes de presentarse en la corte.
—Pasaremos por el Louvre —dijo el rey.
—Vamos.
Luis XIV y Fouquet se marcharon en presencia del despavorido Baisemeaux, que una vez más vio salir a Marchiali, y se arrancó los pocos cabellos que le quedaban.