El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Felipe recibió, en traje de caza, a sus visitantes, y gracias a su memoria y a las notas de Aramis, conoció inmediatamente a Ana de Austria, a quien daba la mano el duque de Orleans, y a la princesa a la cual acompañaba Saint-Aignán. A todos dirigió Felipe una sonrisa, y, al conocer a su madre, se estremeció.

El noble e imponente rostro de la reina madre, descompuesto por el dolor, dispuso su corazón en pro de aquella famosa reina que inmolara un hijo a la razón del Estado. Felipe encontró hermosa a su madre, y como sabía que Luis XIV la amaba, se propuso amarla también, y no ser para su vejez un castigo cruel.

Felipe miró a su hermano con ternura fácil de comprender. El duque de Orleans nada había usurpado, a nadie perjudicado en su vida. Rama separada, dejaba que creciera el tallo, sin pensar en su propia elevación y majestad. Así como a su madre, Felipe se propuso amar a su hermano, a quien le bastaba el dinero, que da los placeres.

Después Felipe saludó afectuosamente a Saint-Aignán, que se deshacía en sonrisas y en reverencias, y, temblando, tendió la mano a su cuñada Enriqueta, de la que le llamó la atención la hermosura. Pero en los ojos de la princesa notó un resto de frialdad que le pareció de buen agüero para la facilidad de sus relaciones futuras.


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