El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—¡Cuánto más cómodo me será —dijo Felipe— ser hermano de esa mujer, que no su galán, si me manifiesta una frialdad que mi hermano no podía sentir por ella, y que a mí me la impone el deber!

Lo que Felipe temía más en aquel momento era la presencia de la reina María Teresa; porque su corazón y su alma acababan de ser conmovidos por una prueba tan violenta que, a pesar de su buen temple, tal vez no hubieran soportado un nuevo choque. Por fortuna la reina no se presentó. Entonces, Ana de Austria empezó una disertación política respecto del recibimiento que el señor Fouquet había hecho a la familia real, y atenuó sus ataques con cumplimientos dirigidos al rey, con preguntas sobre su salud, con halagos maternales y con astucias diplomáticas.

—¿Os habéis reconciliado con el señor Fouquet, hijo mío? —preguntó Ana de Austria.

—Saint-Aignán —dijo Felipe—, hacedme la merced de enteraros de cómo está la reina.

A estas palabras, las primeras que Felipe pronunció en voz alta, la ligera diferencia que había entre la voz de Felipe y la de Luis XIV, no pasó inadvertida a los oídos maternales; así es que Ana de Austria miró fijamente a su hijo.


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