El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —Señora —continuó Felipe una vez hubo salido Saint-Aignán—, ya sabéis que no me place que me hablen mal del señor Fouquet, y vos misma me habéis hablado de él ventajosamente.
—Es verdad, por esto me ciño a interrogaros respecto a vuestra disposición para con él.
—Sire —dijo Enriqueta—, a mà siempre me ha sido simpático el señor Fouquet. Es hombre de gusto exquisito, y un excelente sujeto.
—Un superintendente que nunca escatima y que paga en oro cuantas libranzas le envÃo al cobro —añadió el duque de Orleans.
—Por lo que se ve —replicó la reina madre—, aquà todos miran únicamente por sÃ, y nadie por el Estado, y la verdad es que el señor Fouquet está arruinando el reino.
—¿También vos escudáis al señor Colbert, madre mÃa? —repuso Felipe bajando la voz.
—¿Por qué me decÃs eso? —preguntó Ana de Austria con sorpresa.
—Porque os expresáis como lo harÃa vuestra antigua amiga, la señora de Chevreuse.
Al oÃr este nombre, la reina palideció. Felipe habÃa irritado a la leona.
—¿Qué me estáis diciendo de la señora de Chevreuse —repuso Ana de Austria—, y qué mosca os ha picado hoy contra m�