El hombre de la máscara de hierro

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—¿Por ventura —continuó Felipe—, la señora de Chevreuse no está siempre dispuesta a formar una liga contra alguien? ¿Acaso no os ha hecho recientemente una visita?

—Os expresáis de tal suerte —dijo Ana de Austria— que no parece sino que estoy oyendo a vuestro padre.

—Mi padre no podía ver a la señora de Chevreuse, y con razón —dijo Felipe—. Tampoco yo puedo sufrirla, y si se atreve a venir, como en otro tiempo, para sembrar las disensiones y el odio so pretexto de mendigar dinero…

—¿Qué? —repuso con altivez Ana de Austria provocando la tormenta.

—La expatriaré, y con ella a todos los artesanos de secretos y misterios —contestó con resolución Felipe.

El no calculó el alcance de sus terribles palabras, o tal vez se propuso ver el efecto que producían.

Ana de Austria estuvo en un tris de caerse desmayada; abrió desmesuradamente los ojos, pero por un instante dejó de ver, y tendió los brazos hacia el duque de Orleans que le dio un beso sin temor de irritar al monarca.

—Sire —murmuró Ana de Austria—, mal, muy mal tratáis a vuestra madre.


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