El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro —¿En qué os trato mal, señora? —replicó Felipe—. Solo hablo de la señora de Chevreuse. ¿O es que preferÃs la señora de Chevreuse a la seguridad de mi Estado y a la mÃa propia? Lo que digo y afirmo es que la señora de Chevreuse ha venido a Francia para pedir prestado dinero, y que se ha dirigido al señor Fouquet para venderle cierto secreto.
—¡Cierto secreto! —exclamó Ana de Austria.
—Relativo a un supuesto robo cometido por el superintendente, lo cual es falso. El señor Fouquet la hizo despedir con indignación, pues prefiere la estimación del rey a toda complicidad con intrigantes. Entonces, la señora de Chevreuse fue y vendió el secreto al señor Colbert, y como es mujer insaciable, y no le bastaba haber arrancado cien mil escudos al intendente, picó más alto para ver si se hacÃa con mayores recursos… ¿Es o no es verdad lo que digo, señora?
—Todo lo sabéis, Sire —repuso la reina madre, más inquieta que irritada.
—Ya veis, pues, señora —continuó Felipe—, que tengo derecho de mirar con malos ojos a esa harpÃa que viene a tramar en mi corte la deshonra de unos y la ruina de otros. Si Dios ha permitido que se cometieran ciertos crÃmenes, y los ha ocultado bajo el manto de su clemencia, yo no admito que la señora de Chevreuse tenga el poder de contrarrestar los designios de Dios.