El hombre de la máscara de hierro

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Tanto esta última parte del discurso de Felipe turbó a la reina madre, que se compadeció de ella, y, tomándole la mano, se la besó con ternura; pero Ana de Austria no advirtió que en aquel beso dado a pesar de las resistencias y los rencores del corazón, iba envuelto el perdón de ocho años de horribles padecimientos.

Felipe dejó que aquellas emociones se suavizaran, y tras un instante de silencio, dijo con cierta alegría:

—Todavía no partimos hoy; tengo un plan.

Felipe miró hacia la puerta por si veía a Herblay, cuya ausencia empezaba a inquietarlo. Y al ver que su madre se disponía a marcharse, repuso:

—Quedaos, madre; quiero que hagáis las paces con el señor Fouquet.

—Pero si no lo quiero mal; lo único que temo son sus prodigalidades.

—Pondremos coto a ellas, y no tomaremos del superintendente más que las buenas cualidades.

—¿Qué busca Vuestra Majestad? —preguntó Enriqueta al ver que el rey miraba hacia la puerta, y deseosa de dispararle una saeta al corazón, pues creyó que aquél esperaba a La Valiére o carta de ésta.


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