El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Hermana mía —respondió Felipe, adivinando el pensamiento de la princesa, gracias a la maravillosa perspicacia que la fortuna iba a permitirle desplegar en lo sucesivo—; hermana mía, espero a un hombre notabilísimo, a un consejero hábil si los hay, y al cual quiero presentaros a todos, recomendándolo a vuestra indulgencia. ¡Ah!, ¿sois vos, D’Artagnan? Entrad.

—¿Qué desea Vuestra Majestad? —preguntó el gascón adelantándose.

—¿Sabéis dónde está vuestro amigo el señor obispo de Vannes?

—Pero si…

—Lo estoy aguardando y no aparece. Que vayan por él.

D’Artagnan se quedó como quien ve visiones; pero reflexionando que Aramis había salido de Vaux ocultamente con una comisión del rey, dedujo que éste tenía empeño en guardar secreto. Así pues, replicó:

—¿Vuestra Majestad desea absolutamente que vayan por el señor de Herblay?

—Tanto como eso no —respondió Felipe—; no tengo tal necesidad de él, pero si lo encuentran…

—He dado en el blanco —dijo entre sí D’Artagnan.

—¿Ese señor de Herblay es el obispo de Vannes? —preguntó Ana de Austria.

—¿Y es el amigo del señor Fouquet?


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