El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—Sí, señora; en sus modales fue mosquetero.

Ana de Austria se ruborizó.

—Uno de aquellos cuatro valientes que hicieron tantas proezas —añadió Felipe.

La reina madre se arrepintió de haber querido morder.

—Sea cual fuese vuestra elección —dijo Ana de Austria—, desde luego la tengo por excelente.

—En él —continuó Felipe— veréis la profundidad de Richelieu, descartada la avaricia de Mazarino.

—¿Un primer ministro, Sire? —preguntó el duque de Orleans no teniéndolas todas consigo.

—Ya os lo contaré, hermano mío… Pero es singular que no esté aquí el señor de Herblay. —Y levantando la voz, añadió—: Avisen al señor Fouquet que tengo que hablar con él… ¡Ah! ante vosotros, ante vosotros; no os retiréis.

Saint-Aignán volvió trayendo nuevas satisfactorias de la reina María Teresa, que guardaba cama sólo por precaución y para recobrar la fuerza para cumplir la voluntad del rey.

Mientras andaban buscando por todas partes a Fouquet y a Herblay, el nuevo rey continuaba apaciblemente sus pruebas, y todo el mundo, familia, servidumbre y criados, le tenían por el rey, en su gesto, en su voz y en sus hábitos.


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