El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Felipe, aplicando a todas las fisonomías la nota y el dibujo fieles que le proporcionó su cómplice Herblay, se portaba de modo que no podía despertar la más leve sospecha en el ánimo de los que le rodeaban.

Nada podía en lo porvenir inquietar al usurpador. Y aquí es de admirar la portentosa facilidad con que la Providencia acababa de derrumbar el mayor poder del mundo para sustituirlo con el más humilde.

Felipe admiraba la bondad de Dios para con él, pero a las veces le parecía que se interpusiera una nube entre él y los rayos de su nueva gloria. Aquella nube era la ausencia de Aramis.

Decayó la conversación. Felipe no pensaba en despedir a su hermano ni a Enriqueta, que no acertaban a explicarse aquel descuido del rey, y empezaban a impacientarse. Entonces, Ana de Austria se inclinó hasta su hijo y le dirigió algunas palabras en castellano. Felipe, que ignoraba el idioma, palideció ante el inesperado obstáculo; pero como si el imperturbable espíritu de Herblay lo hubiese cubierto con su infalibilidad, en vez de desconcertarse se levantó.

—¡Qué!, ¿no me respondéis? —repuso Ana de Austria.

—¿Qué ruido es ese? —preguntó Felipe volviéndose hacia la puerta de la escalera secreta.

—¡Por aquí!, ¡por aquí! ¡Faltan pocos escalones para llegar, Sire! —gritó una voz.


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