El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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—La voz del señor Fouquet —dijo D’Artagnan, que estaba en pie junto a la reina madre.

—No andará lejos el señor de Herblay —añadió Felipe, el cual vio lo que nunca pudo esperar que vería tan cerca de sí.

Todos miraron hacia la puerta por la cual presumían iba a entrar Fouquet; pero no fue éste quien entró, sino otro personaje que arrancó una exclamación terrible, de dolor, al rey y a todos los circunstantes.

Ni aun los hombres cuyo sino encierra más elementos extraños y accidentes maravillosos, les es dado contemplar un espectáculo semejante al que ofrecía aquel momento el dormitorio real.

Al través de los medio cerrados postigos entraba una vaga claridad, velada por grandes colgaduras de terciopelo forradas de tupida seda.

En medio de aquella suave penumbra se habían dilatado poco a poco las pupilas, y cada cual veía a los demás antes con la confianza que no con los ojos. Con todo, en tales circunstancias llega uno a distinguir todo cuanto lo rodea, y si se presenta un nuevo objeto, éste aparece luminoso como bañado por los rayos del sol.

Esto fue lo que sucedió respecto de Luis XIV cuando apareció, pálido y con el ceño fruncido, baja el cortinón de la escalera secreta seguido de Fouquet, en cuyo rostro se veían impresas la severidad y la tristeza.


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