El hombre de la máscara de hierro
El hombre de la máscara de hierro La reina madre, que tenÃa asida una de las manos de Felipe, al ver a Luis XIV, lanzó un grito, como lo habrÃa hecho al ver un fantasma, el duque de Orleans quedó momentáneamente deslumbrado, y dejó de mirar al rey que tenÃa enfrente para posar los ojos en el que estaba a su lado, y la princesa, juguete de una ilusión que nada tenÃa de inverosÃmil, se adelantó un paso, creyendo que veÃa reflejada en un espejo la imagen de u cuñado. Los dos prÃncipes, desconcertados a cual más, pues renunciamos a pintar el espantoso sobrecogimiento de Felipe, temblorosos los dos, y los dos con las manos crispadas, se medÃan mutuamente con los ojos y hundÃan uno en el alma del otro miradas más agudas que un puñal. Mudos, jadeantes, encorvados, no parecÃa sino que iban a arremeterse cual encarnizados enemigos. Aquella inaudita semejanza de rostro, ademanes y estatura, la casual semejanza de trajes —pues Luis, al pasar por el Louvre, se habÃa puesto uno de terciopelo morado— aquella acabada analogÃa de ambos prÃncipes acabó de trastornar el corazón de Ana de Austria, sin embargo que todavÃa no adivinaba la verdad. Que hay desventuras que el ser humano no se aviene a aceptar en la vida, y prefiere achacarlas a lo sobrenatural, a lo imposible. Luis no contó con aquellos obstáculos; Luis creyó que le bastarÃa presentarse para que todos lo conocieran. Sol viviente, no admitÃa que pudiesen compararle con hombre alguno ni que toda antorcha no se convirtiera en tinieblas tan pronto él hacÃa brillar su rayo vencedor. Asà es que al ver a Felipe, quizás fue él quien quedó más petrificado que todos los demás, y su silencio, su inmovilidad, fueron el tiempo de recogimiento y de calma precursores de las explosiones violentas de la cólera.