El hombre de la máscara de hierro

El hombre de la máscara de hierro

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Mas ¿quién sería capaz de pintar el sobrecogimiento y el estupor de Fouquet en presencia de aquel retrato viviente de su soberano? Fouquet se dijo mentalmente que Aramis tenía razón, que el intruso era un rey tan puro en su estirpe como el otro, y que para haber repudiado toda participación en aquel golpe de Estado tan hábilmente llevado a término por el general de los jesuitas, era preciso ser un loco entusiasta, para siempre indigno de poner las manos en una obra política. Además, Fouquet sacrificaba la sangre de Luis XIII a la sangre del mismo rey, una ambición noble a una ambición egoísta, el derecho de adquirir al derecho de conservar. Bastóle ver al pretendiente para comprender todo el alcance de su desacierto.

Para todos quedó envuelto en el misterio lo que pasó en el ánimo de Fouquet, el cual tuvo cinco minutos para concentrar sus meditaciones respecto de aquel punto del caso de conciencia; cinco minutos, es decir, cinco siglos durante los cuales los dos reyes y su familia apenas tuvieron tiempo de rehacerse de tan terrible conmoción.





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